Delicias pintadas, cuarto itinerario por El Prado

Hoy comparto con vosotros el último itinerario que nos ha preparado Belén por los bodegones de nuestro museo del Prado. Quiero darle de nuevo las gracias por lo que hemos aprendido y disfrutado con ella. Espero que de vez en cuando siga colaborando aquí y sobre todo guiándonos por las mejores exposiciones de Madrid. Aquí tenéis Delicias pintadas, cuarto itinerario por el Prado.

Delicias pintadas, bodegones del Museo del Prado

Luis Egidio Meléndez: “Bodegón con salmón, limón y recipientes”, 1772

delcias-pictoricas-itinerario-cuatro-luis-egido-melendez-te-veo-en-madrid-2.jpg

Un realismo prodigioso salta a la vista en los bodegones de Meléndez. Tenemos la sensación de estar ante las viandas en el momento previo al cocinado. Un limón parece acercarse con timidez y sigilo al grupo que complementa la composición en el otro extremo, y que nos muestra una rodaja de salmón fresco y varios cacharros de cocina. El artista se esmera en plasmar con precisión los materiales de cobre en que han sido confeccionados la vasija o el perol. Junto a ellos, un puchero de Alcorcón tapado por un fragmento de loza. En el fondo adivinamos el mango de un cucharón. En lo referente al ajuar, Meléndez incluye en su repertorio ejemplos de cacharrería tradicional destinada al fuego o a servir de contenedor de líquidos, entre los que destacan pucheros, lebrillos, escudillas, orzas y cántaros. Casi toda esta producción procedía de Alcorcón, centro alfarero por excelencia en la época.

Se cree que fue la bodegonista Clara Peters la primera en pintar pescados en una naturaleza muerta

Palomino habla de un “bocado exquisito y libre de pecado”. En los Países Bajos se comía mucho pescado, tanto peces de agua dulce, que se consumían frescos si procedían de ríos cercanos y se llevaban a casa vivos tras comprarlos en los mercados en barriles de agua, como peces de agua salada, que se conservaban en salazón, ahumados o escabechados como los arenques. Dado que existía una media de tres días de ayuno semanal en la Europa católica del siglo XVII, es frecuente encontrar en los bodegones los pescados y los quesos que se consumían en ese tiempo de Cuaresma. En el caso de la corte madrileña, la dificultad de recepción del pescado por la situación geográfica de la villa hacía que fuera mucho más común el consumo de carne, caza y sobre todo tocino, no existiendo puchero que se preciara que no lo llevase.

Luis Egidio Meléndez: “Bodegón con caja de jalea, rosca de pan, salva con vaso y enfriador”, 1770

delcias-pictoricas-itinerario-cuatro-l-egido-melendez-te-veo-en-madrid.jpg

A través de esta obra podemos sumergirnos de lleno en la vida cotidiana de las clases populares del Madrid del siglo XVIII: las maneras de comer, los utensilios o el ajuar de las cocinas de la época. Sobre la superficie desnuda de una humilde mesa de madera, los componentes de un apetitoso postre: una preciosa salvilla recoge un vaso de cristal de plomo, seguramente de la real fábrica de cristales de la Granja, donde parece dichoso jugar con destellos y reflejos. Llama también la atención una caja de dulce sin tapa contenedora de jalea. Anima la escena una exquisita rosca de pan que se acomoda sobre una servilleta arrugada. Es sabido que en Madrid el pan tenía fama de ser delicioso. Hasta bien entrado el siglo XX, en la España rural la gente horneaba su propio pan. Eran muy célebres los molletes, que podían rellenarse de tocino o sardinas, y crujientes roscas como la que vemos.

La composición se completa

La composición se completa con un enfriador de corcho (una de las piezas del servicio de cava) del que asoma el cuello de una botella graciosamente ornada con un cordel y tapón. Hallamos aquí una curiosa costumbre que con toda seguridad causó furor en el Madrid de los Austrias: las bebidas se refrescaban sumergiéndolas en enfriadores con nieve o hielo. Con la moda del enfriamiento se pretendía enriquecer el sabor e incrementar así el placer de la degustación de las bebidas. Se vendía nieve durante todo el día, como si se tratara de un artículo de primera necesidad. Es el propio Lope de Vega quien cita que una de las virtudes de Madrid era tener nieve en abundancia y pasteles a cualquier hora del día.

No había nada mejor que el agua fresca o aromatizada para calmar la sed, sin olvidar refrescos como la limonada o la horchata. Y seguían siendo muy apreciados los vinos, entre los cuales tuvieron fama en la época los de Valdemoro, que se mantenían y servían fríos.

Willem Claesz Heda: “Bodegón con taza de plata, copa roemer y ostras”,  1632

delcias-pictoricas-itinerario-cuatro-willem-claesz-heda-te-veo-en-madrid.jpg

Entramos en un escenario propio de Holanda, con relojes, telas y manufacturas delicadas que denotan siempre la sofisticación de cultos y caprichosos mecenas.

La obra corresponde al tipo de los llamados “bodegones monocromos”, por la homogeneidad de sus gamas cromáticas. Dispuestos sobre un altar, los objetos adquieren un aire de ofrenda. Han sido muchos los historiadores que han querido buscar en estas exquisitas piezas un carácter moralizante o alegórico vinculado a los sermones y los textos del ámbito religioso holandés. 

En un plano muy próximo al espectador

para que no podamos perder detalle, y con un fondo neutro, se colocan con mimo los objetos: nada responde al azar, la distribución espacial ha sido hábilmente meditada. En esta ocasión el pintor prescinde del mantel de lienzo blanco y juega con el brillante color verde botella para hacer brillar las calidades matéricas. Una ventana por la que se filtra acariciante la luz del sol se hace presente en la estancia a través del admirable reflejo en la copa roemer, una de las indiscutibles protagonistas del bodegón. Llena de vino blanco, luce con sus características tachuelillas de cristal para que una grasienta mano pueda asirla sin resbalar tras el contacto con aves y pescados. El amarillo del limón, elemento al que el artista suele recurrir para romper una estricta homogeneidad en el color, y el blanco nacarado de las ostras son la única concesión al color.  

Además de la copa roemer, una copa a la veneciana, un canutillo de sal o un misterioso reloj conforman la visión. 

Este podría ser uno de los primeros bodegones en los que aparecen ostras. El exquisito manjar se denominaba mincekreyden (hierbas del amor), y se identificaba de manera simbólica con los sentimientos más íntimos que se hayan agazapados en el interior del ser humano, del mismo modo que lo más delicado y sabroso de este manjar se encuentra protegido por las valvas. También era conocido su supuesto poder afrodisíaco por lo que las ostras podían aparecer en escenas de cortejo o de idilio.

La presencia del primoroso reloj junto a los frutos relacionados con el placer de la mesa y la carne remite a la vanitas. El reloj marca la vida que pasa mientras las copas rotas, desparramadas aluden a la caducidad de los placeres terrenales. Un elemento frecuente en los bodegones holandeses es el limón pelado. La sinuosa espiral de su rugosa piel nos permite apreciar su jugoso interior del mismo modo que el cuerpo alberga un alma inmortal. El limón también era considerado uno de los símbolos de la templanza porque se pensaba que el jugo del cítrico contrarrestaba los efectos del fruto de la uva.

Juan Van der Hamen y León: “Bodegón con alcachofas, flores y recipientes de vidrio”, 1627

delcias-pictoricas-itinerario-cuatro-van-der-hamen-te-veo-en-madrid-2.jpg

A través de un sutil juego visual en el que los delicados objetos se acomodan en una superficie escalonada como si se tratara de pedestales en un aparador, accedemos sigilosamente a la pintura. Se trata de una obra excepcional que denota el gusto y la sensibilidad de un exquisito propietario.

El motivo principal, un gran jarrón de lujoso cristal con flores, se acompaña de otro jarroncito con rosas de color rosa, situado en un plano superior. Flores (olfato) y frutas (gusto) compiten por ser alabadas. Si unas son tiernas y hermosas, las otras parecen sugerir un mundo más terrenal y de apariencia más vulgar: una simple huerta. Nada más lejos. Las alcachofas eran prácticamente desconocidas en el siglo XVI, se suelen mencionar como algo excepcional por sus sinuosas formas a la par que se citan sus propiedades afrodisiacas, por lo que se convirtieron en objeto de devoción de algunos bodegonistas. Observamos cómo la minuciosidad a la hora de pintar un delicado pétalo con finas veladuras de laca roja sobre fondo blanco es la misma que cuando dibuja y modela las exuberantes hojas de las alcachofas o los capullos.

Nos preguntamos si el artista sentía la misma fascinación que nosotros ante una obra de tan irresistible belleza. Un platito de cerámica de dulces guindas espera a que probemos una. Bon appétit!

 

Espero que que lo hayáis pasado tan bien como yo aprendiendo sobre los mejores bodegones del Museo del Prado.

Aquí están los enlaces a los tres post anteriores por si queréis hacer la visita de un tirón

Itinerario 1     Itinerario 2      Itinerario 3

¡Gracias Belén!

Marien Ladrón de Guevara

LA AUTORA :

TE VEO EN MADRID es el resultado de mi inquietud por descubrir y disfrutar de todo lo que nos ofrece la vida unido a un enorme deseo de escribir...[+ info]

SOCIAL: FacebookTwitterInstagram

OTRAS PUBLICACIONES DE :

FECHA DE PUBLICACIÓN: 23 May.2020

SECCIÓN: Cultura y arte, CULTURA Y ESPECTÁCULOS

ETIQUETAS: , , , ,

Comentarios:

  1. Belén G. Naharro dice:

    Gracias a tí. Me encanta colaborar en un blog realizado con tanto mimo y cuidado. Ha sido un placer Marien!!!

  2. Ana dice:

    Qué interesantes las costumbres de época que nos desvelan los cuadros. Me ha encantado todo el itinerario, pero estas copas holandesas que me gustaría tener en casa me han vuelto loca. Hay que darse un paseo por el Prado en cuanto lo abran. Gracias!

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *